domingo, 11 de junio de 2017

Dialogando con Máximo Torres Moreno "Majustomo", poeta afrochalaco

Publicado en D'Palenque: literatura y afrodescendencia. Año 2, N° 2, 2017

Por: Juan Manuel Olaya Rocha

Se le conoce como “Majustomo” ¿De dónde procede ese apelativo literario?
Ese es mi nombre. Yo soy Máximo Justo Torres Moreno. Entonces, cuando el 3 de agosto del 86 entré al diario Callao para escribir en la página de espectáculos, me dieron una página diaria. Como no quería que mi nombre saliera en la página completa, tenía que buscar un seudónimo y se me ocurrió el Majustomo: Máximo Justo Torres Moreno.

¿Usted nació en el Callao?
Sí, nací en el Callao, aquí en la calle Lazareto 778 a cinco cuadras de ENAPU, el primer terminal marítimo que tiene el Perú. La famosa calle Lazareto que en el 86 o 87 se convierte en Manuel Raygada Ballesteros en honor al compositor chalaco autor de “Mi Perú”

¿Sus padres también son chalacos?
No, mi padre es de Cerro Azul (Cañete) y mi madre sí es chalaca.

¿Alguno de ellos fue cercano a la literatura?
Me viene la vena por mi padre, porque mi padre componía canciones y escribía cuentos.

Tiene antecedentes literarios en su familia. ¿Y su padre llegó a publicar sus textos?
Sí, él publicó en el año 48 un pequeño cuento que se llama “Qué malo es vivir soltero” y otros textos. En esa época, él trabajaba en la Procuraduría de la Marina repartiendo sus alimentos, sus cosas que reparten ellos, y ahí conoció a mi mamá que trabajaba en una casa en La Punta. Entre broma y broma se conocieron. Cuando se conocieron mejor, nací yo pues. El libro es del 48 y yo salgo el 49. El 28 de febrero del 49.

¿Él lo motivó a escribir?
Mi padre nunca me incentivó a esto. Era una familia pobre.

¿Y cómo es su acercamiento a la literatura?
Lo que pasa es que mi hermano mayor, Guillermo, compraba a Calderón de la Barca, a Fray Luis de León, a todos los de la Época de Oro de la literatura española. Entonces, yo en realidad no les hacía caso a esos libros, porque él, al mismo tiempo, escuchaba a Chaikovski, a Beethoven, a Mozart, a todos esos genios escuchaba el hombre los domingos, mientras leía a los grandes de la literatura universal, que para mí era un aburrimiento. Pero llegó un momento en que yo me dije si mi hermano los lee y escucha estos discos, por qué no lo puedo hacer yo. Entonces, cuando mi hermano dejó de hacerlo los domingos, por razones de trabajo, ya lo agarro yo. Tenía ocho años. Entonces, a los ocho años, el primer poeta que me impactó terriblemente fue Gustavo Adolfo Bécquer. Encontré un libro pequeño, en edición popular, de sus Rimas y Leyendas. Entonces, yo leía a Adolfo Bécquer y de ahí dije yo voy a ser poeta, y dentro de mi mentalidad de infante dije que voy a estar entre los mejore de mi momento. Yo ignoraba, pues, esto de las generaciones y cosas por el estilo, que ya me enteré cuando estaba en secundaria.

¿Cómo fue su relación con la literatura en el colegio?
Bueno, entro a la primaria en el 59. De lunes a viernes, los cinco primeros salones, un día a la semana, tenían que presentar cinco o seis alumnos para manifestarse artísticamente. Unos recitaban, otros cantaban, otros hacían pequeños monólogos entre sus compañeros. Era una obligación hacerlo, porque el mismo director iba y le preguntaba al profesor o profesora, les toca mañana, ¿quién va a salir? Fulano, zutano, mengano y el director apuntaba quién iba a salir. Ya tenía su programa y ese programa se tenía que cumplir.

Y usted siempre participaba ahí
Obligado participaba. Obligado, porque yo tenía mi libro que estudiaba, pero yo me adelantaba. Como me gustaba leer, me adelantaba. Me aprendía todos los poemas que estaban en ese libro que tenía en ese momento como parte de mi educación que me daban. Y recitaba un poema, recitaba dos poemas. Me pifiaban, hacían bulla, pero yo igualito seguía como si nada. Yo no era de hacer eso. Todo el mundo hacía eso y yo los miraba a ellos mientras iba soltando los versos.

Y en la secundaria…
En el colegio, la promoción sacó una revista. De los tres mil alumnos que habían, entre la primaria, secundaria común, secundaria industrial y secundaria comercial, éramos como tres mil alumnos. Pero había un solo salón de letras. Éramos como cincuenta apiñados ahí, y gracias a don Marcelo, mi profesor, y a Don Juan de Dios Ugaz Reyes, que me pusieron la puntería, me educaban como a hijo a mí, pero también me obligaban a estudiar y tenía que responderles, porque no podía abusar del cariño que ellos me demostraban. Y me lo demostraban abiertamente, delante de todos mis compañeros. Éramos tres, cuatro, que estábamos en ese plan. Entonces, ellos me incentivaron y, bueno, sacamos la revista y yo fui el único que publicó. Publiqué como siete, ocho poemas. Fui el único. Después salió un segundo número y todo el mundo presentó poemas, pero mi profesor Marcelo dijo no, el único que va a publicar poemas acá es Máximo Torres. Imagínate, todo el mundo en mi contra.

Supongo que destacaba en los cursos de literatura
Mira, aunque parezca mentira, no gocé de juegos florales en mi colegio. Pasé mis cinco años en el Dos de Mayo y nunca hubo un concurso. Yo me quedaba admirado. Lo que pasa es que yo creo que ya estaba en mí el escribir. Entonces, yo escribía con la idea de poder publicarlo en alguna oportunidad, y así ha sido pues ¿no?

¿Cómo nace su primer poemario Poesía experimental?
Me encontré con una cruda realidad cuando publico mi primer librito que se llama Poesía experimental; este es del año 73 y tiene el prólogo del padre Salomón Bolo Hidalgo. Él me ayudó; inclusive, él me llevó a la imprenta. Me dio las facilidades para poder publicar mi primer poemario que es este. Esta Poesía experimental se presentó en el año 73. ¿Cuántos años crees qué tiene? (risas). Cuarenta y cuatro años. Es mi primer librito y lo pongo acá. Tengo poemas de cuando estaba en el colegio hasta todo el quinto año, cuando ya estaba camino a los veintiuno. Como te digo, yo termino en el 69 y el 70 cumplo los veintiuno, la mayoría de edad que se cumplía en esa época. Esos poemas son de esa época. Aunque aquí hay poemas de cuando era estudiante y cuando dejé de ser estudiante en las aulas dosdemayinas.

¿Qué lo motivó a escribir? ¿Por qué escribe Máximo Torres Moreno? Usted me cuenta que desde sus primeros años en el colegio ya escribía. ¿Cuál fue su motivación para inclinarse por la poesía?
Yo dibujaba todas las series cómics de Disney y sus muñecos: el pato Donald, Mickey a Pluto, a todos esos los dibujaba yo, pero más me jalaba Superman, me jalaba Batman, El halcón negro, El llanero solitario y las películas mexicanas que invadían el Perú con Aniceto, Hermelinda, una bruja que hacía enredos. Entonces, los sábados mis hermanos me compraban mi revistita y yo dibujaba, pero cuál era el problema: yo, para dibujar, tenía que comprar la cartulina, tenía que comprar los colores, en esa época no se usaban las plastilinas, no había crayolas ni esas cosas. Y me daba cuenta de que todas mis propinas se iban ahí. Entonces, se me ocurrió crear personajes en base a Serrucho, un cholo famosísimo que salía en los periódicos; Sampietri, el típico personaje que hacía Chuiman, pícaro, que se las sabía todas, nunca perdía el pata. Entonces, yo hacía mis dibujos. Se me ocurrió inventar personajes y les creaba un diálogo. De repente, me daba cuenta que estaba misio, que todas mis propinitas se me iban ahí y me dije no, no puedo seguir así, y dejé eso. Justo cuando dejo eso, estábamos haciendo limpieza en la casa y cae el libro a mis manos de Gustavo Adolfo Bécquer. Ya para esto, como te digo, mi hermano había comprado a Calderón de la Barca, Federico García Lorca y… bueno a todos los grandes de literatura española.

¿Después de terminar el colegio, pensó en seguir alguna carrera universitaria? Tal vez, una que se relacione con lo que le gustaba: las letras.
Sí. Yo, en realidad, quería estudiar derecho, pero me di cuenta de que no había los medios necesarios y que tenía que producir para la casa. Y me quedé con las ganas de estudiar derecho, porque tenía que trabajar para producir para la casa. Era necesario, pero esas son cosas de la vida. Yo no dejaba de escribir, era una cosa innata.

La literatura fue parte de su vida….
Claro. Era como tomar desayuno, almorzar y comer.

Aparte de escribir poesía, ¿también los interpretaba, los recitaba?
Bueno, recitaba poemas ajenos. Yo quise recitar mis propios poemas, pero me di cuenta de que cuando yo comienzo a ensayar en mi casa para recitar un poema mío, acá (se agarra la cabeza) se me hacía un remolino, porque se me juntaban con las cosas que estaban adentro que querían salir. Entonces, yo dije no, olvídate de la declamación. Me olvidé de la declamación. Me dediqué a componer. Me fue muy bien, y yo hago lo que hacen muchos poetas. Tú sabes que leen sus poemas de memoria ¿no?, te lo dicen de memoria, y otros poetas los leen. Yo soy de los que leen, porque me di cuenta que no podía, a mí se me hizo un remolino. O sea, lo que estaba escondido no podía salir, porque yo quería recitar un poema que ya estaba escrito. Entonces, me olvidé de la declamación, me olvidé del dibujo, me olvidé de todo eso.

Su segundo poemario es Canto a las 200 millas…
Después que yo saco Poesía experimental en el 73, en seguida, en el 75, sale Canto a las 200 millas y poemas del alma popular.

También muy joven
Claro, del 75. También tiene el prólogo de padre Salomón Bolo Hidalgo. Este es un canto de alabanza a las 200 millas marítimas nuestras. Por ese año se peleaba mucho, Chile quería darnos doce millas y no sé qué tanta vaina. Entonces, yo agarro los 24 departamentos más la Provincia Constitucional del Callao y comienzo a escribir glosas, pero termino con una letanía, las 200 millas son mías, las 200 millas son mías, las 200 millas son mías… y después poemas sueltos que tenía por ahí. Entonces, cuando hice esto, yo quise seguir escribiendo, porque después de esto escribo un libro que se me perdió en mi casa que se llamó Majustomo o poemas del Renacimiento, que para mí era mejor que los dos.

¿Se le perdió el manuscrito? ¿No lo llegó a publicar?
El mecanografiado. Lo armé todo y se me perdió en la casa. Lo llegué a registrar. En ese entonces, se registraba en la Biblioteca Nacional que está en Abancay; ahí lo registré y era gratis todo. El poemario se me perdió. Debe haber sido en el año 76. ¡Yo escribía bastante! Tenía épocas en las que escribía, escribía y escribía, como había épocas en las que también dejaba de escribir para descansar.

Su tercer poemario fue La Clave
Como yo seguí escribiendo, ahí es donde nace lo que sería La Clave. Aquí en La Clave ya tengo algunos poemas de unos Orishas, ya doy una primera muestra. También, tengo como unos cinco poemas que les he puesto nombres de los ritmos afro nuestros; tengo panalivio, tengo landó, tengo festejo, los tengo acá en esta clave. En la portada del libro aparece una línea melódica de un himno que yo le escribí al Sport Boys y que lo llevó al pentagrama el músico Fernando Limo Buendía, que también fue el profesor del Dos de Mayo.

Entonces, La Clave sería el poemario que marca el proceso de transición del Máximo Torres joven, enfocado en temas cotidianos y locales, al Máximo Torres con una propuesta de identidad afrodescendiente, en el que se incluyen los ritmos, el lenguaje, la religión y los rituales de raigambre afro.
Claro. Y esto yo lo escribí en el año 75, terminado nomás el anterior. No cesaba de escribir. Lo escribí rápido. Lo terminé en el 76 más o menos, pero recién pudo ver la luz en el 81.

¿Por qué lo publicó cinco años después?  
Porque en el 77 o 78 yo estaba sin trabajo y no encontraba. Y entraron unos barcos polacos a trabajar en el Perú en convenio con el Ministerio de Pesquería, pero esa parte yo no la agarré, yo ingreso a los barcos cuando ellos, después de cinco años, se van. Entonces yo en el 79, que entró una empresa peruana, entro yo, pero más de fuerza que de ganas, porque no había trabajo en el callao, no conseguía trabajo, nadie me daba trabajo. Entonces, saqué mi permiso que daba la capitanía, en ese entonces tomaban como 15 exámenes en la naval, tenías que pagar unos derechos. Yo pasé los quince exámenes por supuesto… Pasó buen tiempo y este libro estaba fondeado, y yo cometí el error de publicar este libro estando sin trabajo, como tenía unos ahorritos, llegábamos al callao a una campaña unos cuatro días o estábamos cinco días, no tenía tiempo para gastar. Entonces lo fondeaba, lo fondeaba… De repente me quedé sin trabajo y de ahí comencé a sacar para la economía de la casa, mi cuota que me tocaba. Entonces me dije y por qué no saco mi clave de una vez, y lo saqué pues en el 81. Y fue un poco silenciado, lo silenciaron, pero entre esto (Canto a las 200 millas…) y esto (La Clave), yo siempre he dicho que hay un abismo de diferencia, pero qué es lo que pasa, sin uno yo no hubiera hecho el otro. Tuve que reconocerlo, a mí me lo dijeron. Yo tuve que reconocer que definitivamente era así.

Luego, usted publica Armónica
Entonces, publico La Clave, descanso unos cuantos meses y comienzo a escribir nuevamente con furia, y nace Armónica. Es más o menos del 83. Lo tenía ahí escondido debajo de mi almohada. También estaba sin trabajo, porque yo he tenido malas temporadas sin trabajo. Quería sacar el libro. Entonces, el año 90 no trabajé ningún mes, para que tengas una idea, y el año 91 solo trabajé un mes en un barco ruso, el Fabricio, que nunca lo voy a olvidar…  Entonces yo, en el 91, voy a una imprenta de Lima, la misma imprenta que había sacado La Clave, y converso con el pata, le digo que se me está presentado la oportunidad de ir a Las Malvinas unos seis meses, pero no tengo dinero. Le llevé el libro, yo quiero que tú me lo hagas, yo vengo y te cancelo. Y el pata aceptó. Le dejé el manuscrito, le dejé foto, le dejé todo y el pata aceptó.

Además de Canto a las 200 millas… ¿De qué manera su experiencia marítima in situ influyó en su creación literaria?
Canto a las 200 millas fue aún en tierra, imaginándome cosas. Más que nada el asunto revienta cuando yo ya dejo de navegar, se van todos los barcos, y comienzo a hacer vigilancia marítima acá. Entonces, tenía la oportunidad de hablar con cubanos, con puertorriqueños, con toda esa gente que venía. Yo lo primero que hacía era pedirles literatura, si tenían una revista, un periódico y ellos me regalaban, me regalaban revistas, me regalaban folletos, me regalaban muchas cosas, hasta libros me regalaban. Entonces, yo me iba empapando; me leí todo el proceso de la Revolución cubana.

Llama la atención el nombre de sus poemarios. Nos remiten al ritmo y lo musical: La clave, Armónica, Battá, incluso el mismo Canto a las 200 millas… Cuando escribe sus poemas, ¿siempre está pensando en los ritmos, en la musicalidad, sobre todo en los ritmos afrodescendientes?
Claro, yo escribo cuartetos que riman, versos rimados. Cuarteto, uno, dos, tres, cuatro. Yo tengo la habilidad, porque dios me ha dado ese don, hago rimar el primer verso con el tercero y el segundo con el cuarto. A veces, hago rimar el primer verso con el segundo y el tercero con el cuarto. A veces, hago rimar el primer verso con el cuarto y hago rimar el segundo con el tercero. Pero, como a mí me gusta componer canciones y escucho música tropical nomás, entonces, tengo el ritmo metido, aparte que a mí me hubiese gustado ser músico. Te cuento que yo me compré mis timbales y todas esas cositas, pero yo creo que no estaba para eso, yo creo que el todopoderoso me salvó. Había músicos allí en el barrio, en Cócrane… Que si yo hubiera sido de una familia digamos pudiente, yo hubiera estudiando pues en una academia. Hubiera estudiado con alguien, porque el detalle está que a mi hermano Guillermo, aparte de escuchar a los genios que te he nombrado, me llevaba al Teatro Municipal del Jr. Ica. Ciento cincuenta músicos ahí y nosotros arriba ¡baamm! con las pituquitas ahí, y yo de los ciento cincuenta músicos que tocaban, al único que miraba era al que tocaba el timbal. Y el timbal es una olla grande, después hay uno más chico, digamos de sonido agudo, intermedio y grave. Yo miraba más que el timbal nomás. Eso me quitaba el aburrimiento, porqué para mí era un aburrimiento tremendo, pero después le agarré cariño, como te digo. Ya cuando mi hermano dejó de hacerlo, yo dije si mi hermano lo pudo hacer por qué yo no. Y ahí me comencé a meter, me comencé a meter y se me quedó.

Usted explota los recursos sonoros y onomatopéyicos para enriquecer sus poemas
Claro, lo que pasa es que, como te decía, a mí me hubiera gustado ser músico y tocar los timbales ¿no?, por influencia de la Sonora Matancera, de Los compadres, tú escuchas a Los compadres y llega un momento en que no se escucha la voz, solo escuchas la percusión. Escuchando la voz de Los compadres, escuchas la percusión. La Sonora Matancera tiene muchos temas de percusión, eso se llama los solos de timbal; tienen los solos de piano o tienen los solos de trompeta. Entonces, todo eso a mí me llenaba, sobre todo la percusión. Y tuve una época, yo creo que en ese sentido dios me iluminó, pero yo no estaba preparado, en que yo escuchaba voces y le agarré miedo y dejé de escuchar la voz. Pasó algún tiempo y volvía. Ya quizás con un poco más de años, ya dos añitos, vuelvo a escuchar voces y les pongo atención a lo que decían esas voces, pero no las captaba muy bien. Yo las captaba cuando me dormía, cuando me acostaba en la noche. Muchas noches me he acostado y me he despertado cansadísimo produciendo un cuarteto. Como siempre tenía un lapicero y un papel debajo de mi almohada, entonces me ponía a escribir. Me estaba quedando dormido y otra vez otro cuarteto. Así me han tenido varios meses. Ya después, en el día, lo leía y lo trabajaba. Prácticamente no tenía que trabajar mucho, porque lo que más me fastidia es corregir. O sea que prácticamente de un solo plumazo generalmente hago todos mis poemas. Más bien me demoro ponerles título, y me demoro ponerle título a la obra en general. Si lo divido por estancias o por departamentos, como lo quieras llamar, o por secuencias, también me cuesta trabajo. O sea, más me demoro en eso que en escribir el poema.

Intenta reproducir los sonidos con la escritura
Lo he reproducido, porque me puse onomatopéyico. Mi complejo de no ser músico lo puse en la poesía.

Pensando un poco en el lector, ¿Cómo debería leer su poesía? Hay letras, palabras, que el lector debe entender que son sonido de percusión. Su poesía necesita ser acompañada de algunos instrumentos.
Varias personas me han dicho lo mismo, pero yo solo pensaba en escribir de esa manera ¿por qué?, porque cuando yo aparezco en el año 73, en el callao había bastante movimiento poético; en Lima más; Lima es la capital. Yo paraba más metido en Lima que en el Callao. Entonces, muchos poetas me han regalado libros de poesía de todo tipo. Tú sabes que nosotros lo poetas lanzamos un tiraje limitado. O sea, yo tengo ediciones que no la tiene nadie, y leía todo eso y me di cuenta que podía hacer la diferencia, solamente era cuestión de proponérmelo que es lo que mucha gente no entiende.

¿Usted autofinancia sus propios libros?
Mira, te soy sincero, yo publiqué mis cuatro primeros libros. O sea, yo publiqué Poesía experimental con mis ahorritos de mi trabajo en el astillero del señor ese que te digo. Ahí mismo publiqué mis otros libros Canto a las 200 millas, La Clave y Armónica, porque como te digo yo escribía bastante. El problema fue que yo saqué este libro estando sin trabajo y los recursos que yo sacaba se me estaban acabando. Y dije qué hago, yo tengo que tener un recuerdo de mis pasadas por el mar en el barco polaco, y saco la Armónica. Ya después, por ahí me aparecieron otros cachuelitos, pero generalmente yo los obsequiaba. Entonces, hasta aquí es mi peculio.

¿Y las siguientes publicaciones?
Después viene Tótem en el 2003 que M’bare N’gom me apoya en la publicación… Bueno, después, entre el 2000 y el 2003 se me dio por escribir como no tienes idea. De ahí salió justamente Tótem, salió Battá y uno que mi sobrino Arturo Catter está empecinado en publicarlo. Estamos en esas. No te puedo decir el título todavía, me gusta hablar cuando las cosas ya están hechas. O sea que tengo uno (Tótem) por cortesía de M’bare, dos (Battá) por cortesía de M’bare y el tres haremos un poco de historia con mi sobrino que le va a editar a su tío.

Imagino a estudiantes universitarios analizando poemas de Máximo Torres Moreno. A pesar de la incipiente irrupción en espacios académicos, la literatura afroperuana aún está ausente. ¿Qué opina, usted, de esto?
Te voy a decir algo que tú debes saber. Ninguna universidad peruana tiene un centro de estudios afroperuanos. Con eso te digo todo. M’bare publica un libro que se llama Escribir la identidad, el cual fue la primera voz de alerta. La segunda voz de alerta es la antología de literatura afroperuana que acaba de sacar Cedet. O sea, hay talleres de literatura, de poesía, pero qué es lo que pasa, la generación del 40, del 50, del 60, del 70, del 80, del 90, del 2000, del 2010 y esta que está caminando, todas estas generaciones quieren superar a Vallejo. Son vallejianos, son más vallejianos que Vallejo. Incluso le dedican poemas a Vallejo. Él no necesita que nadie le dedique un poema, pero los hermanos poetas tienen es mentalidad. Ahora, poetas afros que están en la vitrina: Gustavo Armijo y Verástegui. Cuando yo aparezco en el año 73, ellos ya estaban en la vitrina, pero no han escrito nada del África. A mí, sinceramente, me gusta uno que otro poema de Verástegui, pero ha sabido. No sé, tiene grupo, tiene gancho, qué se yo, pero el hombre está entre los mejores poetas de América Latina, y eso es un montón. Y no ha escrito nada de la madre-padre África. Y según he escuchado a otros hermanos poetas, él declara que no es negro. Eso me parece ridículo. Tú conoces a Armijo, es más negro que yo. Yo como que tiro un poco para marró o desteñido ¿no? Pero ellos son más negros que yo, pero han cometido ese error. Entonces, aparezco yo. El primer grito fue La Clave. Cuando sale Armónica ya, pues, ni hablar, estamos avanzando. Sale Tótem, se acabó todo. Sale Battá y yo cada vez que leo Battá me descontrolo, porque yo mismo me pierdo. Me pongo a pensar cómo he hecho yo para escribir esta clase de poesía. Definitivamente, dios me ha iluminado.

¿Qué poetas han influido en su obra?
En una pregunta que me hizo M’bare de un largo cuestionario ¿Qué poetas han influenciado en tu poesía?, yo le hablo de música, de compositores, de conjuntos. Yo le digo, si tu separas la música de la letra, te quedas en poesía. Esas son mis influencias, y le comienzo a nombrar una serie de conjuntos, tríos, solistas, vocalistas y lo descuadré al hombre… y quién me inspira el título de Battá: Joe Cuba, un músico puertorriqueño. Como yo escuchaba esa música, yo dije ¡puaa! voy a cuadrar esto. Y lo único que he leído en Nicolás Guillén, que me encanta, es su Sóngoro Cosongo, pero no es onomatopéyico. Si tú lo has leído, no es onomatopéyico, mientras que yo sí uso la onomatopeya

Guillén tiene otras obras donde sí trabaja más la onomatopeya
Pero poco. Es como Nicomedes que tiene tres o cuatro poemas, y esto porque le dedica un poema al cajón, el tu cu pá pa, pero una cosa bien ligera. Y tampoco usa palabras africanas como sí uso yo.

Utiliza muchas palabras de origen africano e introduce un glosario. ¿Piensa en el lector?
Yo a veces me molesto conmigo mismo, pero nunca le digo nada a las personas. Me publican un poema, pero son incapaces de poner una nota al pie con el significado de las palabras, que tranquilamente lo pueden hacer. Solamente me publican el poema. Entonces, el lector está en la reverenda calle. Es que no conocen el idioma, no saben qué significa la palabra. Y los poemas de estos cuadernillos (Africamía, Veneración a Obatalá) están bien pesados si tú lo escuchas bien. Cuando vino M’bare, yo le dije qué te pareció Veneración a Obatalá, y ese es sincretismo mío, por eso ahí dice sincretismo de Máximo Torres Moreno; entonces, él agarra y me dice volaste. Entonces yo ya me he tenido que acostumbrar a poner el glosario al final y a veces yo mismo me río porque la explicación que hago de la palabra es más extensa que el poema.

¿Cómo aprendió la terminología yoruba y demás palabras de origen africano? ¿La música afrocaribeña?
La música no mucho, más me ha ayudado para el ritmo. Como te decía, yo hacía vigilancia marítima. Llegaban barcos cubanos, puertorriqueños y les pedía revistas, folletos y que me hablaran. Tenía un turno de doce horas, entonces había gente que se me pegaba. Fui a la embajada de Cuba, también me dieron revistas, me dieron folletos. Yo les dejé unos libros míos, sobre todo La Clave se lo dejé. Se alegraron bastante de que un peruano toque esos temas, porque la santería nace en Cuba, pero adquiere características propias de acuerdo al país en el que están los hermanos afros o el africano neto que llegó con sus costumbres.

¿No cree que es muy arriesgado? Utiliza el idioma bantú, jelofe, guasá. Un lector con pocas nociones de la cultura afro no captaría toda la riqueza del poema.
Claro, es cuestión de que les pueda gustar o no la cultura cubana, centroamericana, que es muy importante. Yo he leído bastante poesía de Puerto Rico, el Salvador, Costa rica; de todos esos países he leído yo poesía, y muy buena poesía. Por ejemplo, yo leí a Excilia Saldaña. En la Embajada de Cuba me regalaron una antología de ella, que tiene un poema a Oyá. Entonces, yo comienzo a leer el poema, comienzo a leer y ¡pá! aparece Oyá y termina el poema “solamente soy una pobre mujer dueña de los mares. Mi nombre es Oyá”. Entonces, de lo que había leído de arriba y lo que había leído abajo, eso medio que me descuadró. Entonces yo capté esa onda y comienzo a escribir un poema común y corriente. Cómo lo convierto en sincrético. Tengo que ponerle elementos. Le pongo el último cuarteto y lo descuadro a mi lector. Tú has leído Veneración a Obatalá, ahí hay bastante de eso. Eso ya es curiosidad mía que se me dio.

Con la influencia del caribe, la música y los ritmos afrocaribeños, así como el lenguaje africano ¿No cree que mira demasiado a África y descuida lo afroperuano en relación con el mundo andino?
Hay poemas en Tótem o en Battá, creo que se llama “Encuentro de dos mundos”. Es que, como te hablaba de las generaciones literarias pasadas, la mayoría le canta al hombre del Perú profundo. Entonces, como los he leído, yo digo, si ellos cantan a sus raíces, por qué yo no puedo cantarle a mis raíces, cuál es el problema, qué cosa me impide cantarle a mis raíces. Lo único que tengo que hacer es lo que yo llamo pequeños trabajos de investigación.

En Tótem incluye símbolos y figuras
Sí. Esos poemas, en realidad, yo los había escrito hace muchos años, inclusive primero que La Clave y se me habían refundido. Lo que pasa es que por temporadas yo limpiaba mi cuarto y yo ya había terminado Tótem. Me parecía que a Tótem le faltaba algo. Yo no estaba satisfecho con la parte afro. Y qué es lo que pasa en el Callao. Los poetas aquí en el Callao no han escrito lo que se llama poesía abstracta. Otros le llaman visual. Entonces, yo hice esa observación, y estos son justamente poemas a manera de lienzo, pero productos de mis lecturas también. Los tenía refundidos, inclusive, los tenía en papel cuadriculado para poder hacer los trazos. Y los encuentro. Y dije no pues, como aquí en el Callao no publican poesía abstracta, dije, yo lo voy a poner pues, y lo puse y a mucha gente le gustó. Lo han tomado como lienzo, como la parte pictórica, digamos. Esto también como que le da un poco de matiz a lo otro.

Cuando utiliza el verso libre también crea figuras
A mí me gusta que el lector, cuando me lea a mí, también mueva la vista. O sea, el primer verso lo lea acá, el segundo lo lea más acá y el tercer verso lo lea más acá ¿comprendes? Esa es mi idea, que el lector vaya jugando con su vista también. Que corretee toda la página.

¿Nunca le llamó la atención escribir décimas?
No. No, pero las leo. Lo que pasa que la magia de la décima es que te da musicalidad. Por eso que yo escribo cuartetos rimados, porque he leído bastante de décimas, pero la décima me aburre. Me aburre, mientras que a los versos libres todavía le doy.

¿Qué opina de Nicomedes Santa Cruz?
Nicomedes Santa Cruz es el mejor decimista del siglo XX, del XXI y de los siglos que vendrán. Que lo van a superar, sí lo van a superar, porque salen nuevas mentalidades, salen otras cosas. Lo van a superar, pero él va a ser el referente, va a ser lectura obligada. Todo el que se precie de ser decimista o que está entrando en el camino de la décima, tiene que leer a Nicomedes Santa Cruz obligado.

¿En su vida hubo momentos que le quitaron las ganas de escribir?
Generalmente eso sucedía cuando no tenía trabajo. Fíjate, cuando yo escribo Tótem, lo hago odiando al género humano, odiándome a mí mismo, ¿por qué?, porque tenía varios meses sin trabajo y mi madre era la que me mantenía. Era terrible. Los recibos de luz y de agua caían. Mi mamá tenía que lavar ropa en la calle para poder solventar esos gastos.

¿Y alguna vez sus padres le dijeron que deje la literatura por algo que realmente genere ingresos?
Mira, te voy a decir algo que lo he declarado alguna vez. El matrimonio de mis padres lamentablemente se rompió, se quebró cuando yo tenía entre doce y trece año. Me quedé con mi madre. Entonces, ella fue todo, padre y madre para mí. En esa situación me encuentro en las tantas épocas que estaba sin trabajar. Yo escribiendo decía dios mío, pero yo qué hago escribiendo si esto no se va a publicar, qué hago escribiendo, y mi pobre madre llevándome la comida a mi cuarto porque yo, cuando estaba sin trabajo, a veces no salía y me ponía a escribir y mi mamá me llevaba a mi cuarto mi desayuno. Después, ella venía y se llevaba las cosas y yo seguía escribiendo. Mi amigo me regaló una máquina, y yo seguía escribiendo ahí. De repente, a la hora del almuerzo, mi madre con el almuerzo, almorzaba, los libros a un costado, y yo seguía escribiendo y mi madre venía y se llevaba las cosas y yo seguía escribiendo. Me quedaba hasta el día siguiente.

¿Y qué le decía su madre?
Mi madre nunca quiso que sea poeta, y te voy a explicar por qué. Porque mi padre era poeta pues. O sea, mi madre fue casada con un poeta, y mi padre no cumplió ninguna de sus promesas. Mi padre es de la época de la bohemia, de 1919 o 1916. Entonces, yo pienso que mi madre pensaría, él se va a dedicar a la poesía y va a ser igual que el padre, me va a traer problemas, va a parar con el trago.  Pero yo siempre digo que todo está escrito, porque cuando yo entro a navegar, esa es la época en que yo me meto bastante trago. Porque el mar te pone bruto, te pone bestia. Entonces, cuando todo se fue abruptamente, me encuentro con mi realidad que estaba sin trabajo, pero tenía un fondo. Comencé a sacar el fondo que me duró unos meses, publiqué mi libro La Clave y desde ahí dejé de tomar. Yo tenía 33 o 34 años. Desde ahí ya no tomo.


¿Se ha sentido discriminado alguna vez?
Sí, un montón de veces. No solamente como escritor, sino como persona natural común y corriente. No te digo que siempre he ganado el sueldo mínimo. A mí nadie me apoyaba, más bien me marginaban. Y yo te aseguro que, si para ser poeta hubiera tenido que ingresar a la universidad, yo no sería poeta; pero como la poesía es un don de dios, y es una actividad literal, ni hablar.  


D'Palenque: literatura y afrodescendencia N.° 2